La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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A juzgar por los informes oficiales y los artículos periodísticos, en los años sesenta y setenta la intelligentsia de Sajalín se distinguía por una total inmoralidad. En tiempos de esos funcionarios, las cárceles se convirtieron en nidos de corrupción, en casas de juego, donde se corrompía a la gente, se la endurecía, se la azotaba hasta la muerte. En ese sentido, el administrador más notable fue un tal mayor Nikoláiev que, durante siete años, estuvo al mando del puesto de Dué y cuyo nombre figura en numerosos artículos[173]. Era un antiguo siervo entregado como recluta. Desconozco qué aptitudes permitieron a ese hombre rudo y cerril ir ascendiendo peldaños hasta alcanzar el grado de mayor. En una ocasión un periodista le preguntó si había visitado alguna vez el interior de la isla y qué había visto allí. El mayor le respondió: «Una montaña y una llanura. Una llanura y de nuevo una montaña. Como es bien sabido, es un terreno volcánico, sujeto a erupciones». Cuando se le preguntó por una cosa llamada cebolla silvestre, respondió: «En primer lugar, no es una cosa, sino una planta, y además una planta extremadamente útil y sabrosa; es cierto que produce gases, pero nos importa un bledo; nosotros no tratamos con señoras». Sustituyó las carretillas para transportar carbón por toneles, que rodaban con mayor facilidad por las galerías. Metió en esos toneles a los presos que habían cometido alguna falta y ordenó que los pasearan por la orilla. «Después de pasarse una hora dando vueltas, esas criaturas se vuelven tan suaves como la seda». Para enseñar a los soldados a contar, recurrió al juego de la lotería. «Quien no sea capaz de decir los números, pagará diez kopeks. Pagará una vez, otra vez, y acabará comprendiendo que no es un buen negocio. Entonces se pondrá a estudiar de verdad y en una semana habrá aprendido los números». Tales insensateces no consiguieron otra cosa que corromper a los soldados de Dué, que llegaron a vender sus fusiles a los reclusos. Antes de infligir un castigo a un preso, el mayor le anunció que no saldría con vida; y, en efecto, el condenado murió poco después. Tras ese incidente, el mayor Nikoláiev fue juzgado y condenado a trabajos forzados.


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