La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Algunos exiliados soportan su castigo con fortaleza, admiten de buen grado su culpa y, cuando les preguntas por qué han sido enviados a Sajalín, normalmente responden: «No te envían aquí por tus buenas acciones». Otros te sorprenden por su pusilanimidad y su aire abrumado; se quejan, lloran, se desesperan y juran que son inocentes. Uno considera su castigo un bien, pues, según dice, solo en el penal ha encontrado a Dios; otro trata de escapar a la primera oportunidad y, cuando se disponen a atraparlo, se defiende con un garrote. Bajo el mismo techo conviven malhechores empedernidos, inveterados criminales y delincuentes ocasionales, «desgraciados» y personas inocentes[182]. Por eso, cuando se plantea la cuestión de la moralidad de los exiliados, se obtiene una impresión extremadamente dispar y confusa; por otro lado, con los medios de investigación existentes, dudo que se puedan ofrecer generalizaciones serias. En condiciones normales, suele juzgarse la moralidad de la población a partir de las cifras de criminalidad, pero, tratándose de una colonia penitenciaria, ese método sencillo y corriente se revela inapropiado. Una colonia penitenciaria, que vive en unas condiciones anormales y excepcionales, presenta una criminalidad particular y exclusiva del lugar, un «reglamento» específico, de manera que delitos que nosotros consideramos insignificantes se contemplan como violaciones graves de la ley, y por el contrario, un gran número de crímenes de derecho común pasan desapercibidos, pues en el universo de la prisión se los considera fenómenos normales y hasta inevitables[183].