La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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En general, los vicios y perversiones que se observan son los propios de personas privadas de libertad, esclavizadas, hambrientas y en estado de constante temor. La falsedad, la astucia, la cobardía, la pusilanimidad, la soplonería, los robos y todo tipo de vicios secretos constituyen el «arsenal» del que dispone esta población humillada, o al menos una gran mayoría, para luchar contra oficiales y guardianes a los que no respeta, teme y considera sus enemigos. Para evitar los trabajos más duros o los castigos corporales y procurarse un pedazo de pan, una pizca de té, sal o tabaco, el exiliado recurre al engaño, pues la experiencia le ha demostrado que es el medio más seguro y fiable en la lucha por la existencia. Los robos son frecuentes y adquieren dimensiones industriales. Los presos se lanzan sobre todo lo que está al alcance de su mano con la tenacidad y la avaricia de una langosta hambrienta, dando preferencia a los comestibles y la ropa. Se roban unos a otros en la cárcel, roban a los colonos, roban cuando trabajan, cuando descargan barcos; sobre su virtuosismo se puede juzgar a partir de la frecuencia con que los ladrones de Sajalín ejercen su arte. En una ocasión robaron un cordero vivo y un tonel con masa de pan de un barco anclado en Dué; la barcaza aún no se había alejado del barco, pero fue imposible encontrar el cuerpo del delito. En otra ocasión, robaron del camarote de un capitán, desatornillándolos, los ojos de buey y la brújula. Otra vez se colaron en la cabina de un barco extranjero y se llevaron el servicio de plata. Durante la descarga de los barcos desaparecen fardos y barriles enteros[184].


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