La isla de Sajalin

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En Dué tuve ocasión de presenciar cómo aplican los latigazos. El vagabundo Prójorov, cuyo verdadero nombre era Mílnikov, un hombre de unos treinta y cinco o cuarenta años, se escapó de la prisión de Voievodsk y, tras construirse una pequeña balsa, trató de alcanzar el continente. No obstante, en la costa se dieron cuenta a tiempo y enviaron un cúter en su persecución. Durante la instrucción del caso, consultaron su expediente y descubrieron que ese Prójorov no era otro que Mílnikov, sentenciado un año antes por el tribunal del distrito de Jabarovsk a recibir noventa latigazos y ser encadenado a una carretilla por el asesinato de un cosaco y sus dos nietas. Por un descuido, aún no se había aplicado el castigo. Si Prójorov no hubiera tratado de escapar, es posible que nadie hubiera reparado en el error, y él se habría evitado los latigazos y el encadenamiento a la carretilla. Pero ahora no había escapatoria.

El día señalado, 13 de agosto, el inspector de la cárcel, el médico y yo nos dirigimos por la mañana a la oficina. Prójorov, según las órdenes impartidas la víspera, estaba sentado en el patio con un guardia, sin saber todavía lo que le esperaba. Al vernos, se levantó y probablemente comprendió de qué se trataba, pues su rostro palideció.

—¡A la oficina! —ordenó el inspector.


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