La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Entramos en la oficina. Metieron también a Prójorov. El médico, un joven alemán, le ordenó que se desvistiera y auscultó su corazón para determinar cuántos latigazos podía soportar. Decidió esa cuestión en un santiamén y a continuación, con aire profesional, se puso a escribir el acta de revisión médica.
—¡Ah, pobre! —dice con tono quejumbroso y un fuerte acento alemán, mojando la pluma en el tintero—. ¡Las cadenas deben de pesarte mucho! ¡Pide al señor inspector que te las quiten!
Prójorov calla. Sus pálidos labios tiemblan.
—Te preocupas en vano —continúa el médico—. Todos os preocupáis en vano. ¡En Rusia la gente es tan desconfiada! ¡Ah, pobre, pobre!
Una vez preparada el acta, se adjunta al sumario por intento de fuga. Se produce un silencio. El escribiente escribe. El médico y el inspector de la cárcel escriben… Prójorov todavía no sabe con exactitud para qué lo han convocado. ¿Solo por el intento de fuga o también por ese viejo asunto? La incertidumbre le atormenta.
—¿Con qué has soñado por la noche? —le pregunta finalmente el inspector.
—Lo he olvidado, excelencia.