La isla de Sajalin

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—Ahora escucha —dice el inspector, mirando los documentos—. En tal día y tal año el tribunal del distrito de Jabarovsk te condenó a noventa latigazos por el asesinato de un cosaco… Y hoy debes recibirlos —y, dando un golpecito con la mano en la frente del detenido, añade en tono sentencioso—: ¿Por qué todo esto? Por tratar de hacerte el listo. Los que intentáis escapar pensáis que os ira mejor, pero siempre os va peor.

Nos dirigimos todos al local reservado a los vigilantes, un edificio gris y viejo, con aire de barracón. El enfermero militar que está en la puerta dice con voz suplicante, como si estuviese pidiendo limosna:

—¡Excelencia, permítame presenciar el castigo!

En medio del local de los vigilantes hay un banco con orificios para atar las manos y los pies. El verdugo Tólstij es un hombre alto y robusto, con la complexión de un levantador de pesas. Va en mangas de camisa, con el chaleco desabotonado[191]. Hace una indicación con la cabeza a Prójorov y este se tumba en silencio. Tólstij, sin prisas, también en silencio, le baja los pantalones hasta las rodillas y empieza a atarle lentamente las manos y los pies al banco. El inspector mira con indiferencia por la ventana, el médico se pasea por la habitación. Tiene un frasco de gotas en la mano.

—¿Quieres un vaso de agua? —pregunta.

—Se lo suplico, excelencia.


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