La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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El verdugo acaba de atar a Prójorov, coge el látigo de tres correas y lo estira sin prisas.

—Aguanta —dice en voz baja y, sin demasiado ímpetu, como para entrar en calor, asesta el primer golpe.

—¡Uno! —dice el inspector con voz de sacristán.

En un principio Prójorov calla y la expresión de su rostro no se inmuta; luego, un espasmo de dolor recorre su cuerpo y se oye no un grito, sino un alarido.

—¡Dos! —grita el inspector.

El verdugo se sitúa de costado y golpea de forma que el látigo recorra el cuerpo de través. Cada cinco latigazos se desplaza al otro lado y hace una pausa de medio minuto. A Prójorov los cabellos se le han pegado a la frente, el cuello se le ha hinchado. Al cabo de cinco o diez latigazos el cuerpo, ya lleno de cicatrices por latigazos anteriores, se vuelve morado y azul. La piel se resquebraja a cada golpe.

—¡Excelencia! —implora entre llantos y gemidos—. ¡Excelencia! ¡Apiádese, excelencia!

Al cabo de veinte o treinta latigazos, Prójorov, como borracho o sumido en el delirio, se lamenta:

—Soy un desdichado, soy un hombre muerto… ¿Por qué me castigáis así?


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