La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Pero, entre los obstáculos que dificultan las evasiones, el mar no es el más terrible. La impenetrable taiga de Sajalín, la humedad constante, las brumas, las vastas zonas deshabitadas, los osos, el hambre, los mosquitos, las terribles heladas y nevascas invernales son los verdaderos aliados de los equipos de guardia. En la taiga de Sajalín, donde a cada paso hay que superar montones de ramas caídas, marañas de romero o duro bambú que se enredan en los pies, hundirse hasta la cintura en pantanos y arroyos o protegerse de las nubes de mosquitos, hasta caminantes libres bien alimentados solo son capaces de cubrir ocho verstas al día; un hombre extenuado por la cárcel, que se alimenta en la taiga de madera podrida rociada con sal y que no sabe dónde está el norte y dónde el sur, normalmente no puede hacer más de tres a cinco verstas. Además, no puede avanzar en línea recta y se ve obligado a desviarse para evitar los puestos de vigilancia. Las fugas no duran más de una o dos semanas, rara vez un mes, y el fugitivo, extenuado por el hambre, la disentería y la fiebre, acribillado por los mosquitos, con los pies magullados e hinchados, empapado, sucio, harapiento, perece en algún lugar de la taiga o, sacando fuerzas de flaqueza, da la vuelta y se arrastra en dirección contraria, rogando a Dios que le conceda la dicha suprema de encontrarse con un soldado o un guiliako que le lleve de nuevo a la cárcel.