La isla de Sajalin

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Otra de las causas que aleja a los exiliados de Sajalín es el deseo de libertad inherente al ser humano y que, en circunstancias normales, es uno de sus rasgos más nobles. Mientras un exiliado sea joven y robusto, intentará huir lo más lejos posible, a Siberia o a Rusia. Normalmente lo atrapan, lo juzgan y lo mandan de vuelta al penal, pero eso no es tan terrible. En la lenta marcha por etapas a través de Siberia, en el cambio frecuente de cárceles, compañeros y escolta, y en las aventuras propias del viaje, hay una poesía singular que se parece más a la libertad que la prisión de Voievodsk o los trabajos en las carreteras. Debilitado por los años, pierde confianza en sus propias piernas y huye a algún sitio más cercano, a la ribera del Amur, a la taiga, a las montañas, lo más lejos posible de la prisión, para no ver esas paredes y a esas personas, que se le han vuelto odiosas, ni oír el tintineo de las cadenas ni las conversaciones de los presos. En el puesto de Kórsakov vive el exiliado Altujov, un viejo de unos setenta años o más, que se escapa de la siguiente manera: coge un pedazo de pan, cierra su isba, se aleja del puesto media versta, no más, se sienta en una colina y se queda contemplando la taiga, el mar, el cielo; pasa así tres días, y luego regresa a su casa, hace acopio de provisiones y de nuevo se marcha a la montaña… Antes lo azotaban, pero ahora sus «fugas» solo causan hilaridad. Unos huyen para gozar de libertad un mes o una semana; para otros es suficiente un solo día: no es más que un día, pero es mío. La nostalgia de la libertad se apodera de algunos individuos de forma periódica; en ese sentido, recuerda la dipsomanía o la epilepsia. Se cuenta que aparece en determinadas épocas del año y del mes, de forma que los presos leales, al sentir la cercanía de un ataque, advierten de su fuga a las autoridades. Normalmente se castiga con azotes o latigazos a todos los evadidos sin excepción. Esas fugas a menudo sorprenden por su incongruencia y su insensatez; de hecho, no es raro que hombres juiciosos, modestos, padres de familia, se fuguen sin ropa, sin pan, sin ningún propósito ni plan, sabiendo perfectamente que serán capturados, arriesgándose a perder la salud, la confianza de las autoridades, su relativa libertad y a veces incluso su sueldo, y exponiéndose a morir de frío o alcanzados por un disparo. Esa inconsecuencia debería sugerir a los médicos de Sajalín, de quienes depende que un preso sea castigado o no, que en muchos casos se enfrentan con una enfermedad, no con un delito.


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