La isla de Sajalin

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Hay otra causa general más de las evasiones: la fe en la facilidad, impunidad y casi legitimidad de la fuga; aunque en realidad es difícil, se castiga con severidad y se considera un delito grave. Esa extraña creencia ha sido cultivada durante generaciones y su origen se pierde en la bruma de los viejos tiempos, cuando evadirse era relativamente fácil y las mismas autoridades estimulaban los intentos de fuga. El director de una factoría o un inspector de prisiones consideraba un castigo divino que sus presos no se escaparan y se alegraba cuando grupos enteros huían. Si antes de 1 de octubre, cuando se distribuía la ropa de invierno, se habían fugado treinta o cuarenta personas, el inspector obtenía un beneficio de treinta o cuarenta zamarras. Según palabras de Yádrintsev, el director de una factoría solía gritar al recibir una nueva partida: «El que quiera quedarse, que coja su ropa; el que quiera escaparse, que no coja nada». La administración parecía legitimar la fuga; de hecho, a toda la población de Siberia se le ha estado inculcando hasta la fecha la idea de que la fuga no constituye un delito. Los propios presos hablan de sus fugas con una sonrisa o lamentándose de su fracaso. Sería inútil esperar arrepentimiento o remordimientos de conciencia. De todos los fugitivos con los que tuve ocasión de hablar, solo un viejo enfermo, encadenado a una carretilla por sus repetidos intentos de fuga, se reprochaba amargamente su actitud; pero consideraba sus intentos de fuga simples tonterías, no delitos: «Cuando era más joven cometí algunas tonterías y ahora debo pagar por ellas».


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