La isla de Sajalin

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No es frecuente que los exiliados requieran asistencia médica por trastornos nerviosos. Así, en 1889, solo se registraron dieciséis casos de neuralgia y convulsiones[212]. Evidentemente solo aquellos enfermos que son llevados al hospital o llegan por su propio pie reciben cuidados médicos. Solo se han producido veinticuatro casos de encefalitis, apoplejía y parálisis, diez de ellos mortales; se han registrado treinta y un casos de epilepsia y veinticinco de desórdenes mentales. Como ya he dicho antes, en Sajalín no hay un local independiente donde sean tratadas las enfermedades psíquicas. Durante mi visita a la aldea de Kórsakov, uno de esos enfermos había sido alojado con los sifilíticos; según me dijeron, en un caso similar, otro enfermo había contraído la sífilis. Otros viven en libertad y trabajan en las mismas condiciones que las personas sanas. Tienen cohabitantes, se fugan, son juzgados. Yo mismo me encontré con varios locos en las aldeas y los puestos. Recuerdo que en Dué un antiguo soldado no hacía más que hablar de océanos de aire y de cielo, de su hija Nadezhda, del Sha de Persia y de que había asesinado al sacristán de la iglesia de Krestobozdvizhensk. Durante mi estancia en Vladímirovka, un tal Vetriakov, que acababa de cumplir cinco años de trabajos forzados, se acercó al inspector de la colonia, el señor Y., con una expresión estúpida e idiota, y le tendió la mano de forma amistosa. «¿Por qué me saludas?», le preguntó asombrado el señor Y. Resultó que Vetriakov venía de solicitar un hacha de carpintero. «Me construiré una choza y después una isba», dijo. Hace tiempo que se le considera un demente, un paranoico, y el médico lo mantiene en observación. Le pregunté cómo se llamaba su padre. Respondió: «No lo sé». A pesar de todo, le dieron el hacha.


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