La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Después visité a los enfermos del ambulatorio. La sala de recepción, situada al lado de la farmacia, es nueva; huele a madera fresca y a barniz. La mesa a la que está sentado el médico está separada del resto de la habitación por un mostrador de madera, como en una oficina bancaria, para que durante la consulta el paciente no se acerque demasiado; en la mayoría de los casos, el médico lo examina a distancia. Sentado a la mesa, junto al médico, hay un enfermero que guarda un completo silencio y juega con un lápiz, como si estuviera asistiendo a un examen. En la sala de recepción, junto a la puerta de entrada, hay un vigilante con una pistola; algunos hombres y mujeres van y vienen por la habitación. Esa extraña situación confunde a los pacientes; no creo que ningún sifilítico ni ninguna mujer se decida a hablar de su enfermedad en presencia de ese vigilante y de varios mujiks. Hay pocos pacientes. Por lo general se trata de casos de febris sachalinensis o de eccemas, o de personas a las que «les duele el corazón» o de simuladores. Los presos piden con insistencia que se les exima del trabajo.