La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Iba de isba en isba solo; a veces me acompañaba algún preso o colono que, no teniendo nada mejor que hacer, había asumido el papel de guía. En ocasiones, detrás de mí o a cierta distancia, me seguía como una sombra un guardia con una pistola. Lo habían enviado por si yo tenía necesidad de alguna aclaración. Cuando le dirigía alguna pregunta, su frente se cubría instantáneamente de sudor y respondía: «¿Cómo voy a saberlo, excelencia?». Por lo general, mi compañero, descalzo y sin gorra, con un tintero en la mano, corría delante de mí, abría ruidosamente las puertas y tenía tiempo de susurrar unas palabras al dueño en el umbral: probablemente sus conjeturas sobre el censo. Entonces entraba yo en la isba. Las hay de todo tipo, según las haya construido un siberiano, un ucraniano o un finlandés; pero el modelo más frecuente consiste en una pequeña estructura de troncos, de unos seis arshines, con dos o tres ventanas, sin ningún adorno exterior, con techumbre de paja, corteza o, en raras ocasiones, tablas. No suelen tener patio. Cerca de la casa no hay ningún árbol. Son raros los cobertizos y las casetas de baño de tipo siberiano. Si hay perros, son perezosos y bonachones; como ya he dicho, solo ladran a los guiliakos, probablemente porque llevan calzado de piel de perro. Me pregunto por qué esos animales mansos e inofensivos están siempre atados. Los cerdos llevan una cadena al cuello. Los gallos también están atados por una pata.