La isla de Sajalin
La isla de Sajalin —¿Por qué están atados tu perro y tu gallo? —pregunto al dueño.
—En Sajalín todos estamos encadenados —dice con ironía—. Este lugar es así.
La isba consta de una sola habitación con una estufa rusa. El suelo es de madera. El mobiliario consiste en una mesa, dos o tres taburetes, un banco, una cama o un lecho aparejado directamente sobre el suelo. O no hay ningún mueble, y solo se ve en medio de la habitación un colchón de plumas en el que, según todos los indicios, alguien acaba de dormir; en el antepecho de la ventana hay una escudilla con restos de comida. A juzgar por su aspecto, más que una isba o una habitación, parece una celda de aislamiento. De alguna manera, cuando hay mujeres y niños la casa tiene una apariencia de hogar, de residencia campesina; sin embargo, se percibe la ausencia de algo importante: no hay abuelos ni abuelas, no hay viejos retratos ni muebles de los antepasados; por consiguiente, la casa carece de pasado, de tradición. No hay rincón para los iconos, o es muy pobre y deslucido, sin lamparilla ni decoración, pues no se tiene costumbre. El mobiliario revela un carácter provisional; parece como si la familia no viviera en su propia casa, sino en una vivienda alquilada; o como si acabara de llegar y aún no hubiera tenido tiempo para instalarse. No hay gatos, en las noches de invierno no se oye a los grillos… Y lo más importante, se está lejos de la patria.