La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Apenas vi indicios de vida doméstica, comodidades, estabilidad. En la mayoría de los casos encontré al propietario solo, sin familia, como paralizado por su ociosidad forzosa y el aburrimiento; viste como un hombre libre, pero por costumbre lleva el capote sobre los hombros como los presos y, si ha salido recientemente de la prisión, la gorra que hay sobre la mesa no tiene visera. La estufa está apagada; toda la vajilla consiste en un caldero y una botella tapada con papel. Habla de su hacienda y de su vida con ironía y frío desdén. Dice que ya lo ha probado todo, pero en vano, y que lo único que le queda es renunciar a todo de una vez. Mientras converso con él, llegan algunos vecinos y se inicia una charla sobre diversas cuestiones: las autoridades, el clima, las mujeres… El aburrimiento es tan grande que están dispuestos a hablar y escuchar sin parar. A veces, además del dueño, encuentras en la isba una multitud de inquilinos y obreros; un inquilino-preso sentado en el umbral, con una cinta alrededor de la frente, fabrica unos zapatos, en medio de un olor a cuero y a pez; sus hijos están tumbados sobre unos andrajos en la entrada, y en ese mismo lugar, en un rincón oscuro y angosto, su mujer, que le ha seguido por propia voluntad, está preparando empanadillas de arándanos en una mesita; es una familia que llegó hace poco de Rusia. Más adelante, ya en el interior de la isba, hay cinco hombres que se definen unos como inquilinos, otros como trabajadores y otros como cohabitantes; uno de ellos, acomodado cerca de la estufa, las mejillas hinchadas y los ojos desorbitados, suelda un objeto, otro, probablemente un bufón, hace muecas estúpidas y farfulla Dios sabe qué, mientras los demás se ríen para sus adentros. En la cama está sentada la pecadora de Babilonia, la propia dueña de la casa, Lukeria Nepomniáschaia, desgreñada, demacrada, pecosa; se esfuerza por responder a mis preguntas con la mayor desenvoltura posible, mientras balancea las piernas. Tiene una mirada turbia, maligna, y en su rostro antipático y marcado por el alcohol puede leerse el número de prisiones, pruebas y enfermedades que ha conocido en el transcurso de su breve existencia.