La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Es ella quien determina el tono de la vida en la isba y la responsable de que se respire un ambiente de libertinaje y depravación. Imposible llevar una vida doméstica como Dios manda en esa casa. En otras ocasiones me encontré con un grupo de personas jugando a los naipes; los rostros expresaban turbación, aburrimiento y espera: ¿cuándo iba a irme y les iba a dejar reanudar la partida? O entraba en una isba en la que no había ni rastro de muebles, nada más que una estufa desnuda, y sentados en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, varios cherqueses, unos con gorro, otros con la cabeza descubierta, rapada y de apariencia áspera, que me miran sin pestañear. Cuando solo encontraba en casa a una mujer, solía estar tumbada en la cama, respondía a mis preguntas bostezando y desperezándose y, en cuanto me iba, volvía a tumbarse.

La población exiliada veía en mí una figura oficial y consideraba el censo uno de esos procedimientos formales tan frecuentes en el lugar y que no solían conducir a nada. Por otra parte, el hecho de no ser un funcionario de Sajalín despertaba cierta curiosidad en los exiliados. Me preguntaban:

—¿Por qué nos apunta a todos?


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