La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Basta leer la descripción que hace Poliákov del valle de Aleksándrovsk y ver cómo está ahora, aunque solo sea pasada, para comprender cuánto trabajo arduo y forzado ha sido necesario ejecutar para impulsar el desarrollo de estos lugares. «Desde lo alto de las montañas cercanas —escribe Poliákov— el valle de Aleksándrovsk tiene un aspecto exuberante, espeso, boscoso… Un inmenso bosque de coníferas cubre la inmensa extensión del fondo del valle». Describe los pantanos, las ciénagas impracticables, el suelo pobre y los bosques, donde «además de los enormes árboles que se alzan sobre las raíces, el terreno suele estar cubierto de grandes troncos semipodridos, derribados por la vejez o las tormentas; entre los troncos, junto a las raíces de los árboles, surgen desniveles cubiertos de musgo, hondonadas y quebradas». Ahora, en lugar de la taiga, las ciénagas y las quebradas, se alza toda una ciudad; se han abierto caminos, verdean los prados, se cultivan campos de centeno y huertos, y ya hay quien se lamenta de la escasez de los bosques. Al considerar todo eso trabajo y esfuerzo, realizado con el agua hasta la cintura, soportando las heladas, las lluvias gélidas, la nostalgia, las ofensas y los latigazos, terribles cuadros se apoderan de la imaginación. No en vano un funcionario de Sajalín, hombre de gran bondad, me recitaba «El ferrocarril» de Nekrásov cada vez que íbamos juntos a algún sitio.