Tres hermanas
Tres hermanas OLGA. —(Asustada). ¡Bueno, bueno…, querida…!
IRINA. —(Sollozando). ¿Adónde…, adónde se fue todo?… ¿Dónde está?… ¡Oh, Dios mío…! ¡Dios mío…! ¡Todo se me ha olvidado! ¡Todo se ha embrollado en mi cabeza…! ¡Se me olvida, por ejemplo, cómo se dice en italiano la palabra «ventana» o «techo»…! ¡Se me olvida todo…! ¡Diariamente se me olvida…! ¡Y la vida no volverá jamás…! ¡Y jamás iremos a Moscú…! ¡Siento que no iremos…!
OLGA. —¡Querida…! ¡Querida…!
IRINA. —(Conteniéndose). ¡Oh, qué desgraciada soy…! ¡No puedo trabajar…! ¡No trabajaré…! ¡Basta, basta…! ¡Lo mismo antes, cuando estaba empleada de telefonista, que ahora trabajando en la Delegación, detesto cuanto me dan algo para hacer…! ¡Ya tengo veintitrés años…! ¡Hace mucho tiempo que trabajo y mi cerebro se ha secado…! ¡He adelgazado, me he envejecido, me he afeado y carezco de toda satisfacción…! ¡Y, mientras tanto, el tiempo pasa y se le figura a una que se aparta de la verdadera, maravillosa vida y se va lejos, lejos…, hacia un precipicio…! ¡Estoy desesperada y no comprendo cómo todavía sigo viva y no me he matado!
OLGA. —¡No llores, nenita mía! ¡No llores…! ¡Me haces sufrir!