Tres hermanas
Tres hermanas ANDREI. —¡Oh, dónde se fueron los tiempos aquellos en los que era joven, alegre, inteligente…, cuando tenía el pensamiento lleno de delicadezas y el presente y el porvenir iluminados por la esperanza…! ¿Por qué, apenas hemos empezado a vivir, nos volvemos ya aburridos, grises, ininteresantes, perezosos, indiferentes, inútiles, desgraciados?… ¡Nuestra ciudad tiene doscientos años de existencia y cien mil habitantes y, sin embargo, no hay uno solo entre ellos que sea distinto a los demás…! ¡Ni uno solo que, ni antes ni ahora, haya sobresalido en algo! ¡Ni un sabio, ni un artista, ni una persona de alguna notabilidad, capaz de despertar la envidia o el deseo apasionado de la emulación…! ¡Todos se limitan a comer, a beber, a dormir…, para luego terminar muriendo! ¡Los que nacen después, también comen, beben, duermen y, para impedir que el aburrimiento llegue a embotarles, introducen, como variante en su vida, los chismes, el vodka, los naipes, los pleitos…! ¡Las mujeres engañan a sus maridos, los maridos mienten y hacen como si no vieran ni oyeran nada; una influencia irremisiblemente perniciosa oprime a los niños, que, apagándose en ellos la chispa divina, se convierten en tan lamentables cadáveres, semejantes entre sí, como lo fueron su padre y su madre…! (A FERAPONT, con enfado). ¿Qué quieres?
FERAPONT. —¿Cómo dice?… Le traigo papeles para firmar.