Tres hermanas

Tres hermanas

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ANDREI. —¡Me estás aburriendo!

FERAPONT. —(Tendiéndole los papeles). Decía ahora el portero de la Delegación de Hacienda que si en invierno en Petersburgo hace doscientos grados bajo cero.

ANDREI. —¡El presente me repugna, pero, en cambio, cuando pienso en el futuro, qué bienestar experimento…! ¡Siento como el ánimo se me aligera y se me ensancha…, veo una luz centellear a lo lejos…, veo a mis hijos liberados de la ociosidad, del «kvas[12]», del ganso con repollo, de la siesta tras la comida y del vil parasitismo!

FERAPONT. —¡Dicen que han muerto dos mil hombres! ¡La gente, dicen, estaba espantada…! No sé si ha sido en Petersburgo o en Moscú… No me acuerdo bien…

ANDREI. —(Con honda ternura). ¡Oh, hermanas mías queridas…! ¡Mis admirables hermanas…! (Con lágrimas en los ojos). ¡Mascha…! ¡Hermana mía!

NATASCHA. —¿Quién habla ahí tan alto? ¿Eres tú, Andriuscha? ¡Vas a despertar a Sofechka…! «Il faut ne pas faire du bruit…! La Sophie est dormie deja…! Vous etes un ours!»… (En tono de enfado). ¡Si quieres hablar, suelta el cochecito del niño! ¡Ferapont! ¡Cójale al señor el cochecito!

FERAPONT. —Lo que usted mande. (Coge el cochecito).


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