Búffalo Bill

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Viajando en esas condiciones, solían aparecer en el horizonte unas manchas oscuras que poco a poco iban tomando la forma de jinetes. Entonces, con febril precipitación, todo el mundo se lanzaba a la tarea de colocar las carretas formando una circunferencia, con las mujeres, los niños, los caballos y las mulas en su interior. Pocos minutos después, una banda de indios se lanzaba al ataque. Si el fuego de fusilería con que eran recibidos los furiosos visitantes no conseguía detenerlos, irrumpían a caballo a través de la barricada y destrozándolo todo, matando a cuanto ser viviente se pusiera al alcance de sus lanzas, volcando las carretas, se alzaban con las provisiones, satisfechos de haber realizado lo que ellos consideraban una justa venganza. Esto sucedía tanto de noche como durante el día. No había hora propicia para el asalto indio, ni convoy suficientemente pobre. Se trataba, naturalmente, de desposeer a los blancos invasores, pero también y quizás en más alto grado, de ejercer una venganza.

De modo que los que salían ilesos de semejantes encrucijadas eran únicamente los que iban a la aventura muy preparados y los muy fuertes, capaces de soportar las penurias del desierto y de superarlas; debían ser los más previsores, astutos y fuertes de los de su clase y más que los mismos indios.


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