Búffalo Bill

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Cinco años estuvo Isaac Cody en busca de dónde instalar su hogar definitivamente. Ocho años tenía el pequeño William cuando fue a vivir cerca del fuerte Leavenworth, en plena frontera de la civilización, límite oeste de Kansas. Allí creció el niño, frente a las fuerzas de esa naturaleza bravía y viendo la constante lucha de los de su especie con el indio y los elementos. Fue testigo también de las luchas entre los mismos blancos, norte contra sur, por la sublime idea de la libertad de todos los hombres que pisaran el suelo de Norteamérica. Días aciagos y tristes que sembraron la desconfianza entre los propios hermanos, tan tristes o más que la lucha con el indio. Era aquella una vida áspera y penosa, y sólo los que habían nacido en ese ambiente podían soportarla. Y el pequeño Bill Cody la sobrellevó con energías sobrantes. Amaba esa vida. Desde sus más tiernos años se había saturado de narraciones sobre indios, proezas de los scouts y batallas de los soldados regulares y muy pronto aprendió a manejar el rifle con la misma maestría de un adulto buen tirador. Finalmente, la familia Cody se instaló, como dijimos, en la zona del fuerte Leavenworth, en Salt Creek Valley, situado en el arranque de uno de los dos únicos caminos, si así podían llamarse, que atravesaban la desolada llanura de dos mil millas de ancho y que desembocaban en California después de trasponer altas montañas. Todos los días Billy Cody acompañaba a su padre que salía de caza, sin dejar jamás su rifle y su perro Turk, no sólo de la familia Cody mascota predilecta, sino que también de todos los vecinos y amigos. Nunca hubo en la pradera mejor guardián que Turk, y eso lo sabían amigos y enemigos…


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