Búffalo Bill
Búffalo Bill No había reunión de tipos más díscolos que una clase de chicos de esa época y de esas comarcas. Sobre los toscos bancos de madera se sentaban, más dispuestos a hacer jarana y a reñir entre sí, que caso a la deficiente maestra que por una tristísima paga había accedido a hacer patria en la frontera. En la mente de esos chicos no tenía cabida el concepto de disciplina ni el afán de saber. No les importaba lo que la pobre maestra pudiera pensar de ellos y las clases empezaban siempre mucho después de la hora fijada, porque cuando debían tener comienzo no había escolares. A esto se añadía, como hemos dicho, la poca eficacia de la maestra, pero hay que tener en cuenta que no eran muchas las mujeres que se animaran a ir a dar clase en esos desiertos de los que se narraban cosas fantásticas y salvajadas al margen de la civilización. Bill Cody, a pesar de que ya había tenido experiencia de trabajo y disciplina entre los hombres, no era mejor que los demás muchachos como estudiante.
Las peleas entre ellos eran cosa de todos los días. Iban a la escuela cuando no preferían irse a cazar o pescar. La pobre maestra los castigaba sin escrúpulo pero ellos se echaban a reír después de las palizas. En clase y en los recreos molestaban a las chicas y armaban tal alboroto que, a punto ya de estallar, la maestra desalojaba el local y echaba llave a la puerta hasta el día siguiente, esperando tener un poco más de suerte.