Búffalo Bill
Búffalo Bill Esa noche, después de comer, el general Carr me hizo comparecer a su presencia y me anunció que la marcha del día siguiente sería hacia las fuentes del Beaver, y necesitaba que yo le dijera qué distancia habría que cubrir para llegar hasta allí. Respondí sin vacilar que serían unas veinticinco millas. Se propuso hacerlas en un día.
Nos pusimos en marcha a la madrugada. Mi condición de guía me obligaba a marchar al frente de la tropa. A eso de las dos de la tarde, el general Carr, adelantándose, se me puso al lado para preguntarme si tendríamos que andar todavía mucho antes de encontrar agua. Calculé que faltarían todavía unas ocho millas más o menos.
—Los scouts de Pepoon me dicen que vamos en mala dirección y que por este camino hallaremos un afluente del Beaver a poco menos de unas quince millas, pero sin agua, debido a que a esta altura del año todos los afluentes de ese río están secos.
—Mi general, creo que los scouts están en un error —repliqué yo—, pues el Beaver tiene más agua en su nacimiento que abajo, y en el lugar al que llegaremos hemos de encontrar varias represas lo suficientemente bien construidas como para dejar pasar todo el ejército por encima de sus paredones, si así lo desea.
—Bien, Cody, siga usted; lo dejo en sus manos, pero recuerde que no quiero tierras secas.