Búffalo Bill
Búffalo Bill Pero no dejé la iniciativa a Wilson, el conductor principal del convoy. Le dije que trabara con cadenas las ruedas de una carreta y que atara a los ejes de la misma dos yuntas de mulas o caballos que tiraran de costado impidiendo que la carreta se desviara porque, en tal caso, volcaría al deslizarse boca abajo. Un hombre de cada lado se encargaría de que mulas o caballos tiraran parejo. Además, el conductor de la carreta haría que los bueyes caminaran contrarrestando la fuerza de la bajada. Si salía bien el ensayo, podíamos hacer deslizar así todo el convoy.
Hasta llegar casi al pie del cerro, la primera carreta anduvo lentamente, pero en los últimos tramos de la empinada cuesta, los bueyes aflojaron su tensión y la carreta entró en el valle y llegó al centro del campamento a toda carrera. En realidad, fue un ejercicio brillante que se repitió varias veces, entre el aplauso general.
Por lo que concierne a nuestra persecución del ejército del general Penrose, el involuntario ascenso nuestro al cerro de donde tuvimos que descender en ejercicios de acrobacia, fue beneficioso porque nos acercó considerablemente a él, que también había tomado un camino equivocado, retrasándose tres días, como supimos más tarde.