Búffalo Bill

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Los gritos con que los guerreros pieles rojas suelen acompañar sus ataques y las detonaciones de sus armas de fuego, nos sorprendieron dormidos. Todos nos pusimos de pie ante el anuncio de la desagradable e inesperada visita. Rifle en mano y sin atinar a nada, miramos desolados la dispersión del ganado, bueyes, vacas, mulas y caballos, que habían sido espantados por los atacantes al tiempo que daban muerte a los tres hombres que habíamos dejado de centinelas. Paralizados por la sorpresa, vimos cómo los indios se nos echaban encima a paso de carga. Los hermanos Mac Carthy, más avezados que el resto de nosotros a esta clase de sorpresas, fueron los primeros en reaccionar y dieron orden de abrir el fuego contra los atacantes. La descarga los detuvo un instante, que aprovechó Frank Mac Carthy para ordenar que nos corriéramos hasta un terraplén allí existente con el fin de atrincherarnos detrás de él y hacer fuego desde allí. Así lo hicimos, llevándonos a uno de nuestros hombres que había sido herido por los indios en el momento de nuestra primera descarga. El terraplén tras el cual nos refugiamos estaba a la orilla de un riachuelo y a poca distancia de nosotros. Así parapetados abrimos fuego en forma graneada, pues el sitio era excelente como trinchera y nos permitía movernos a nuestras anchas. Naturalmente no podíamos quedarnos en él durante mucho tiempo porque poco a poco los indios, que eran más en número, nos irían acorralando. Advertida esta circunstancia por Frank Mac Carthy, nos gritó que nos fuéramos corriendo hacia la orilla del río y lo vadeáramos; una vez en la otra orilla haríamos fuego desde allí, replegándonos hacia Fort Kearney, a donde regresaríamos. Tácitamente convinimos en que era lo mejor que se podría hacer si conseguíamos mantener a raya a la indiada con nuestro fuego, hasta que nos distanciáramos unas millas y pudiéramos llegar al sitio en que el riachuelo se unía al Platte, del que era afluente. Desde ese sitio el cauce del arroyo aumentaba en profundidad y para poder llevar al herido, pues no podíamos abandonarlo en manos de los indios, construimos una balsa de ramas y juncos, donde lo acomodamos lo mejor que pudimos.


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