Búffalo Bill
Búffalo Bill Por los rastros nos fue fácil deducir que haría ya unos cuatro días que habían cruzado el arroyo y que serían unos 7.000 guerreros los que andarían merodeando por la comarca. Seguimos marchando unos cuantos días más sin dar con ellos, lo que evidenciaba que llevaban el mismo paso que nosotros habiendo sabido que los seguíamos. Después del quinto día de persecución, me adelanté con unos cuantos scouts al comando unas diez millas, y desde lo alto de un cerro escudriñé la región con mi largavista, descubriendo una polvareda que se levantaba a unas diez millas más allá del arroyo, que mal ocultaba un tropel de gente a caballo. Pronto vi que venían hacia el lugar en que me hallaba. Al principio me parecieron indios, pero pronto eché de ver que eran soldados regulares del ejército del general Terry. Entonces envié un scout para informar al general Carr que no había novedades en cuanto a la presencia de indios se refería, pero cuando aquél hubo partido apareció sobre el lado opuesto del arroyo una banda de gente y otra del lado en que yo me hallaba. Pensé en mandar otro scout al general Carr con noticias más frescas, cuando vi que detrás de los indios que estaban de este lado del arroyo venían soldados regulares del ejército del general Terry. Me di cuenta entonces que se trataba de indios amigos que venían con la tropa. A las distancias que mediaban entre los tres grupos, los que estaban del otro lado del arroyo, el que formaba yo con mis scouts y los soldados e indios que venían juntos no era posible distinguirse bien, por lo que, confundiéndome con un sioux, alguien gritó: «¡Vienen los sioux!».