Búffalo Bill

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Al terminar de leer los despachos del general Terry, el general Whistler me dijo:

—Cody, lo siento mucho, pero necesito volver a enviar informaciones al general Terry sobre los movimientos de estos indios que andan por acá. He querido durante toda la tarde mandar a un oficial, pero no encontré quien se animara a hacerlo, pues andan atemorizados por lo de esta mañana; dicen que los indios que merodean son muchos y nadie se anima a salir solo. Debo, por lo tanto, recurrir a usted. Sé que es mucho pedirle después de todo lo que ha andado, pero es un caso de necesidad militar, de verdadera fuerza mayor. Si accede usted, amigo Cody, me empeño desde ahora a que sus grandes servicios le sean remunerados como se lo merece.

Ante semejante insistencia, y viendo que, en realidad, se me necesitaba por lo urgente de las circunstancias, y que si no iba yo nadie lo haría, le dije:

—Eso de la retribución no tiene importancia, general. Apronte usted los despachos y en cuanto los tenga listos, partiré.

No tardó el general en alcanzarme un paquete y yo, montando en el mismo caballo que me había dado el capitán Smith, partí a cumplir mi misión. Eran las dos de la mañana cuando salí y a las ocho llegaba al campamento del general Terry, justo en el momento en que el ejército se estaba por poner en marcha. A todo esto, había corrido yo ciento veinte millas en veintidós horas.


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