El regreso de Sherlock Holmes. Parte 2
El regreso de Sherlock Holmes. Parte 2 
Una cruda y fría mañana del invierno de 1897 me desperté al sentir que alguien me tiraba del hombro. Era Holmes. La vela que llevaba en la mano iluminaba el rostro ansioso que se inclinaba sobre mí, y me bastó una mirada para comprender que algo iba mal.
—¡Vamos, Watson, vamos! —me gritó—. La partida ha comenzado. ¡Ni una palabra! ¡Vístase y venga conmigo!
Diez minutos después, íbamos los dos en un coche de alquiler, rodando por calles silenciosas, camino de la estación de Charing Cross. Comenzaban a aparecer las primeras y débiles luces de la aurora invernal y, de cuando en cuando, alcanzábamos a ver la figura borrosa de algún obrero madrugador que se cruzaba con nosotros, difuminada en la bruma iridiscente de Londres. Holmes se arrebujaba en silencio en su grueso abrigo, y yo le imitaba de buena gana, porque hacía un frío intenso y ninguno de los dos habíamos desayunado. Hasta que no hubimos tomado un poco de té caliente en la estación y ocupado nuestros asientos en el tren de Kent, no nos sentimos lo suficientemente descongelados, él para hablar y yo para escuchar. Holmes sacó una carta del bolsillo y la leyó en voz alta:
Abbey Grange, Marsham, Kent, 3,30 de la mañana.
Querido Sr. Holmes:
