El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville Sir Henry necesitaba examinar un gran número de documentos después del desayuno, de manera que era aquél el momento propicio para mi excursión, que resultó ser un agradable paseo de seis kilómetros siguiendo el borde del páramo y que me llevó finalmente a una aldehuela gris en la que dos edificios de mayor tamaño, que resultaron ser la posada y la casa del doctor Mortimer, destacaban considerablemente sobre el resto. El administrador de correos, que era también el tendero del pueblo, se acordaba perfectamente del telegrama.
—Asà es, caballero —dijo—; hice que se entregara al señor Barrymore, tal como se indicaba.
—¿Quién lo entregó?
—Mi hijo, aquà presente. James, entregaste el telegrama al señor Barrymore en la mansión la semana pasada, ¿no es cierto?
—SÃ, padre; lo entregué yo.
—¿En propia mano?
—Bueno, el señor Barrymore se hallaba en el desván en aquel momento, asà que no pudo ser en propia mano, pero se lo di a su esposa, que prometió entregarlo inmediatamente.
—¿Viste al señor Barrymore?
—No, señor; ya le he dicho que estaba en el desván.
—Si no lo viste, ¿cómo sabes que estaba en el desván?