El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville »Me apresuré todo lo que pude carretera adelante sin encontrar rastro alguno de Sir Henry hasta llegar al punto en que nace el sendero del páramo. Una vez allí, temiendo que quizá, después de todo, había seguido una dirección equivocada, trepé por una colina —utilizada en otro tiempo como cantera de granito negro—, desde donde se divisa un panorama bastante amplio. Una vez en la cima vi de inmediato a Sir Henry. Se hallaba en el sendero del páramo, a unos cuatrocientos o quinientos metros de distancia, y le acompañaba una dama que sólo podía ser la señorita Stapleton. Estaba claro que existía un entendimiento entre ellos y que se habían dado cita. Caminaban despacio, absortos en la conversación que mantenían, y vi que ella hacía rápidos movimientos con las manos como si pusiera mucha vehemencia en sus palabras mientras él escuchaba con atención, y una o dos veces movía la cabeza en un gesto enérgico de desacuerdo. Permanecí entre las rocas contemplándolos, sin saber en absoluto lo que debía hacer a continuación. Acercarme e interrumpir una conversación tan íntima parecía inconcebible; mi deber, sin embargo, era muy claro: no perder de vista a Sir Henry. Actuar como espía tratándose de un amigo era una tarea odiosa. No fui capaz de encontrar mejor línea de acción que seguir observándolos desde la colina y luego descargarme la conciencia confesando a Sir Henry lo que había hecho. Es cierto que si le hubiera amenazado algún peligro repentino, habría estado demasiado lejos para serle de utilidad, pero sin duda convendrá usted conmigo en que mi situación era muy difícil y no estaba en mi mano hacer otra cosa.