El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville Sherlock Holmes hizo un gesto con la mano para invitar a nuestro extraño visitante a que tomara asiento.
—Veo que se entusiasma usted tanto con sus ideas como yo con las mÃas —dijo—. Y observo por su dedo Ãndice que se hace usted mismo los cigarrillos. No dude en encender uno si asà lo desea.
El doctor Mortimer sacó papel y tabaco y lió un pitillo con sorprendente destreza. Sus dedos, largos y temblorosos, eran tan ágiles e inquietos como las antenas de un insecto.
Holmes guardó silencio, pero la intensidad de su atención me demostraba el interés que despertaba en él nuestro curioso visitante.
—Supongo —dijo finalmente—, que no debemos el honor de su visita de anoche y ésta de hoy exclusivamente a su deseo de examinar mi cráneo.
—No, claro está; aunque también me alegro de haber tenido la oportunidad de hacerlo, he acudido a usted, señor Holmes, porque no se me oculta que soy una persona poco práctica y porque me enfrento de repente con un problema tan grave como singular. Y reconociendo, como yo lo reconozco, que es usted el segundo experto europeo mejor cualificado…
—Ah. ¿Puedo preguntarle a quién corresponde el honor de ser el primero? —le interrumpió Holmes con alguna aspereza.