El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville »Sin duda algo había despertado sus sospechas. Puede que Barrymore acostumbrara a darle alguna señal privada que nosotros habíamos omitido, o bien nuestro hombre tenía alguna otra razón para pensar que las cosas no marchaban como debían: en cualquier caso el miedo era visible en sus perversas facciones y de un momento a otro podía apagar la luz de un manotazo y esfumarse en la oscuridad. Salté hacia adelante y Sir Henry me imitó. En el mismo instante el preso nos lanzó una maldición y tiró una piedra que se hizo añicos contra la roca que nos había cobijado. Aún vislumbré por un momento su silueta rechoncha y musculosa mientras se ponía en pie y giraba en redondo para escapar. Por una feliz coincidencia la luna salió entonces de entre las nubes. Alcanzamos a toda prisa la cima de la colina y vimos que nuestro hombre descendía a gran velocidad por la otra ladera, saltando por encima de las rocas que hallaba en su camino con la agilidad de una cabra montés. Con suerte tal vez habría podido detenerlo con un disparo de mi revólver, pero la finalidad de aquel arma era tan sólo defenderme si se me atacaba y no disparar contra un hombre desarmado que huía.