El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville »Mientras regresaba a la mansión me alcanzó el doctor Mortimer que conducía su coche de dos ruedas por un tosco sendero, de regreso de la remota granja de Foulmire. Ha estado siempre pendiente de nosotros y apenas ha pasado un día sin presentarse por la mansión para ver cómo nos va. Me insistió para que subiera al coche y le acompañara hasta la casa. Lo encontré muy preocupado por la desaparición de su pequeño spaniel, que se había adentrado por el páramo y no había vuelto. Lo consolé como pude, pero al acordarme del poni sepultado en la ciénaga de Grimpen, temí que no volviera a ver a su perrito.
»—Por cierto, Mortimer —le dije mientras avanzábamos a saltos por aquel camino tan desigual—, supongo que serán muy pocas las personas de la zona que usted no conozca.
»—Prácticamente ninguna, creo yo.
»—¿Puede usted, en ese caso, decirme el nombre de alguna mujer cuyas iniciales sean L. L.?
»El doctor Mortimer estuvo pensando unos minutos.
»—No —dijo—. Hay algunos gitanos y jornaleros de los que no puedo responder, pero entre los granjeros o la burguesía y pequeña nobleza no hay nadie con iniciales como ésas. Espere un momento —añadió, después de una pausa—. Está Laura Lyons, sus iniciales son L. L., aunque vive en Coombe Tracey.
»—¿Quién es? —pregunté.