El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —Ninguno, señor mÃo, ninguno. Me enorgullece decir que yo no tenÃa interés material alguno en aquella cuestión. Siempre actúo por sentido del deber. No me cabe la menor duda, por ejemplo, de que los habitantes de Fernworthy me quemarán esta noche en efigie. La última vez que lo hicieron dije a la policÃa que deberÃan impedir espectáculos tan lamentables. La incompetencia de la policÃa del condado es escandalosa, señor mÃo, y no se me proporciona la protección a la que tengo derecho. Mi pleito contra la Reina servirá para atraer la atención del público sobre este asunto. Les dije que tendrÃan oportunidad de lamentar la manera en que me tratan y mis palabras se han hecho ya realidad.
—¿Cómo as� —pregunté.
El anciano hizo un gesto de complicidad.
—Porque podrÃa decirles lo que están deseando saber, pero nada ni nadie me persuadirá para que ayude a esos sinvergüenzas en lo más mÃnimo.
Yo habÃa estado tratando de encontrar alguna excusa para escapar a su charla incesante, pero ahora sentà deseos de saber más. Sin embargo habÃa tenido suficientes pruebas de su tendencia a llevar la contraria como para comprender que cualquier manifestación de vivo interés serÃa la mejor manera de poner fin a las confidencias de aquel viejo excéntrico.
—Algún caso de caza furtiva, imagino —dije, con aire indiferente.