El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —Asà es, tengo que confesarlo.

—No ha sido usted el único sorprendido, se lo aseguro. Hasta llegar a veinte pasos de la puerta no tenÃa ni idea de que hubiera descubierto mi retiro provisional y menos aún de que estuviera dentro.
—¿Mis huellas, supongo?
—No, Watson; me temo que no estoy en condiciones de reconocer sus huellas entre todas las demás. Si se propone usted de verdad sorprenderme, tendrá que cambiar de estanquero, porque cuando veo una colilla en la que se lee Bradley, Oxford Street, sé que mi amigo Watson se encuentra por los alrededores. Puede usted verla ahÃ, junto al sendero. Sin duda alguna se deshizo del cigarrillo en el momento crucial en que se abalanzó sobre el refugio vacÃo.
—Exacto.
—Eso pensé y, conociendo su admirable tenacidad, tenÃa la certeza de que estaba emboscado, con un arma al alcance de la mano, en espera de que regresara el ocupante del refugio. ¿De manera que creyó usted que era yo el criminal?
—No sabÃa quién se ocultaba aquÃ, pero estaba decidido a averiguarlo.