El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville El cuarto estaba arreglado como un pequeño museo y en las paredes se alineaban las vitrinas que albergaban la colección de mariposas diurnas y nocturnas cuya captura servÃa de distracción a aquel hombre tan complicado y tan peligroso. En el centro de la habitación habÃa un pilar, colocado allà en algún momento para servir de apoyo a la gran viga, vieja y carcomida, que sustentaba el techo. A aquel pilar estaba atada una figura tan envuelta y tan tapada con las sábanas utilizadas para sujetarla que de momento no se podÃa decir si era hombre o mujer. Una toalla, anudada por detrás al pilar, le rodeaba la garganta. Otra le cubrÃa la parte inferior del rostro y, por encima de ella, dos ojos oscuros —llenos de dolor y de vergüenza y de horribles preguntas— nos contemplaban. En un minuto habÃamos arrancado la mordaza y desatado los nudos y la señora Stapleton se derrumbó delante de nosotros. Mientras la hermosa cabeza se le doblaba sobre el pecho vi, cruzándole el cuello, el nÃtido verdugón de un latigazo.
—¡Qué canalla! —exclamó Holmes—. ¡Lestrade, por favor, su frasco de brandy! ¡Llévenla a esa silla! Los malos tratos y la fatiga han hecho que pierda el conocimiento.
La señora Stapleton abrió de nuevo los ojos.

—¿Está a salvo? —preguntó—. ¿Ha escapado?