El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Seguimos al indio por un pasillo sórdido y vulgar, mal iluminado y peor amueblado, hasta llegar a una puerta situada a la derecha, que abrió de par en par. Quedamos bañados por un resplandor de luz amarilla, y en el centro del resplandor se alzaba un hombre pequeño con la cabeza muy alta, una orla de pelo rojizo alrededor y un cráneo calvo y reluciente, que sobresalÃa del cabello como la cumbre de una montaña sobresale entre los abetos. Estaba de pie, retorciéndose las manos y con los rasgos de la cara en constante agitación: tan pronto sonreÃa como ponÃa mal gesto, pero sus facciones no quedaban en reposo ni un solo instante. La naturaleza le habÃa dotado de un labio colgante y una hilera demasiado visible de dientes amarillentos e irregulares, que procuraba ocultar sin mucho entusiasmo pasándose la mano por la parte inferior del rostro. A pesar de su prominente calva, daba la impresión de ser joven. Y de hecho, acababa de cumplir treinta años.
––A su servicio, señorita Morstan ––repitió varias veces, con su voz aguda y penetrante––. A su servicio, caballeros. Por favor, pasen a mi humilde santuario. Un pequeño rincón, señorita, pero amueblado a mi gusto. Un oasis de arte en el ruidoso desierto del sur de Londres.
