El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes Ya he comentado la capacidad de abstracción mental de mi amigo, pero nunca me ha maravillado tanto como aquella mañana de primavera en Cornualles, en la que, durante dos horas, estuvo disertando acerca de los celtas, las puntas de flecha y los restos de cerámica, como si no existiera ningún siniestro misterio aguardando solución. De hecho, no volvimos a pensar en el asunto hasta que regresamos por la tarde a nuestra casa de campo y encontramos que había una visita esperándonos. Ninguno de nosotros dos necesitó que le dijeran quién era nuestro visitante. Aquel cuerpo gigantesco, aquel rostro pétreo y surcado por profundas arrugas, con ojos ardientes y nariz de halcón, aquel cabello canoso que casi tocaba el techo de nuestra casa, aquella barba dorada hacia los bordes y blanca en torno a los labios, excepto por la mancha de nicotina producida por su perenne cigarro en la boca, eran conocidos tanto en Londres como en África, y solamente podían corresponder a la exuberante personalidad del doctor León Sterndale, el célebre explorador y cazador de leones.