El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes El inquilino ocupaba dos habitaciones en la vicaría, una encima de la otra, formando una esquina del edificio. La habitación de abajo era una sala de estar bastante espaciosa; la de arriba, el dormitorio. Ambas daban a un campo de croquet, cuyo césped llegaba hasta las ventanas. Habíamos llegado antes que el médico y que la policía, de manera que todo estaba absolutamente intacto. Permítanme describir la escena que contemplamos aquella neblinosa mañana de marzo, y que me dejó una impresión que jamás se borrará de mi mente.
Reinaba en la habitación una atmósfera de ahogo horrible y deprimente. Y eso que la sirvienta, que había entrado la primera, había abierto la ventana, pues de lo contrario habría resultado aún más insoportable. En parte, podía deberse a una lámpara que ardía y humeaba en la mesa del centro. Junto a la mesa se encontraba sentado el difunto, echado hacia atrás en su asiento, con la barba apuntando hacia delante, las gafas alzadas hasta la frente y su rostro enjuto y moreno vuelto hacia la ventana y deformado por la misma convulsión de terror que había distorsionado los rasgos de su hermana muerta. Tenía los miembros retorcidos y los dedos contraídos, como si hubiera muerto en pleno paroxismo de terror. Comprobamos que había dormido en su cama, y que el trágico desenlace se había producido a primera hora de la mañana.