El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes —Eso es lo que suele ver la gente a la que yo sigo. Pasó usted la noche sin dormir, y elaboró ciertos planes, que se dispuso a poner en práctica por la mañana. Salió de su casa al amanecer, y se llenó el bolsillo de grava rojiza, que tenía en un montón al lado de la puerta —Sterndale dio un violento respingo y miró a Holmes con asombro—. A continuación, recorrió a paso ligero la milla que separa su casa de la vicaría. Dicho sea de paso, llevaba usted ese mismo par de zapatos de tenis a rayas que ahora mismo cubren sus pies. Al llegar a la vicaría, atravesó el huerto y el seto lateral y se situó bajo la ventana del inquilino Tregennis. Era ya pleno día, pero aún no había movimiento en la casa. Sacó usted un poco de grava del bolsillo y la arrojó contra la ventana.
Sterndale se puso en pie de un salto.
—¡Es usted el demonio en persona!
Holmes sonrió ante el cumplido.