El ultimo saludo de Sherlock Holmes

El ultimo saludo de Sherlock Holmes

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I

—Bueno, señora Warren, no me parece que tenga usted ningún motivo concreto para preocuparse, ni veo razón alguna para que yo, que concedo cierto valor a mi tiempo, deba intervenir en el asunto. La verdad es que tengo otras cosas de que ocuparme.

Así habló Sherlock Holmes, volviendo a enfrascarse en el voluminoso álbum de recortes, en el que iba ordenando y registrando los materiales más recientes.

Pero aquella mujer poseía la tenacidad y la astucia propias de su sexo, y defendió su terreno con firmeza.

—El año pasado, usted resolvió un asunto para un inquilino mío —dijo—. El señor Fairdale Hobbs.

—¡Ah, sí! Un asunto sencillo.

—Pero él no paraba de hablar de usted, señor…, de lo amable que estuvo y de la manera en que consiguió arrojar luz sobre las tinieblas. Y cuando yo misma me encontré sumida en las tinieblas y en la duda, me acordé de sus palabras. Yo sé que usted podría hacerlo si quisiera.

Holmes era sensible a la adulación y también, para ser justos con él, a la bondad. La combinación de ambas fuerzas le hizo dejar a un lado el pincel de engomar y, con un suspiro de resignación, echó hacia atrás su silla.


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