El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes —Está bien, está bien, señora Warren, oigamos lo que tiene que decir. Supongo que no le importará que fume. Gracias. Watson, las cerillas. Creo haber entendido que está usted preocupada porque su nuevo huésped permanece encerrado en sus habitaciones sin dejarse ver. ¡Válgame Dios, señora Warren! Si yo fuera inquilino suyo, se pasarÃa usted semanas enteras sin verme.
—No lo dudo, señor, pero esto es diferente. Ya no puedo soportar oÃrle andar a paso rápido de acá para allá, desde primera hora de la mañana hasta las tantas de la noche, sin poder echarle la vista encima ni un solo instante. A mi marido le pone tan nervioso como a mÃ, pero él se pasa todo el dÃa fuera de casa, en el trabajo, mientras que yo no tengo un momento de alivio. ¿De qué se esconde? ¿Qué es lo que ha hecho? Quitando a la muchacha, estoy sola en la casa con él, y eso es más de lo que mis nervios pueden aguantar.
Holmes se inclinó hacia delante y posó sus largos y huesudos dedos en el hombro de la mujer. Cuando se lo proponÃa, poseÃa un poder casi hipnótico para tranquilizar a las personas. Los ojos de la mujer perdieron la expresión asustada y sus agitadas facciones fueron recuperando su vulgaridad habitual. Se sentó en la silla que él le habÃa indicado.