El ultimo saludo de Sherlock Holmes

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La mujer sacó un sobre de su bolso y lo sacudió, dejando caer sobre la mesa dos cerillas usadas y una colilla de cigarrillo.

—Esto estaba en su bandeja esta mañana. Lo he traído porque me han dicho que usted es capaz de ver grandes cosas en las cosas pequeñas.

Holmes se encogió de hombros.

—Aquí no hay nada —dijo—. Las cerillas, desde luego, se han usado para encender cigarrillos. Se nota en lo corta que es la parte quemada. Para encender una pipa o un cigarro puro se gasta la mitad de la cerilla. Pero ¡caramba!, esta colilla sí que es curiosa. ¿Dice usted que ese caballero tiene barba y bigote?

—Sí, señor.

—Pues no lo entiendo. Yo diría que sólo un hombre bien afeitado podría haber fumado esto. Hasta su humilde bigote, Watson, se habría chamuscado.

—Puede que use boquilla —sugerí.

—No, no, el extremo está chupado. Supongo que no podrá haber dos personas en esas habitaciones, ¿eh, señora Warren?

—No, señor. Come tan poco que a veces me sorprende que una sola pueda mantenerse viva con eso.


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