El ultimo saludo de Sherlock Holmes

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En Baden no resultó difícil seguir la pista. Lady Frances se había alojado durante dos semanas en el Englischer Hof. Estando allí, había conocido a un tal doctor Shlessinger y a su esposa, misioneros en Sudamérica. Como otras muchas damas solitarias, lady Frances encontraba consuelo y entretenimiento en la religión. La fuerte personalidad del doctor Shlessinger, su ferviente devoción, y el hecho de que se estuviera recuperando de una enfermedad contraída durante el ejercicio de sus deberes apostólicos, la impresionaron profundamente. Había estado ayudando a la señora Shlessinger a cuidar del santo convaleciente, que, según me explicó el gerente, se pasaba el día tumbado en una hamaca en la terraza, con una de sus dos cuidadoras a cada lado. El doctor estaba confeccionando un mapa de Tierra Santa, con especial mención del reino de los madianitas, sobre el que estaba escribiendo una monografía. Por último, habiendo mejorado mucho su salud, él y su esposa habían regresado a Londres, y lady Frances se había marchado con ellos. De eso hacía ya tres semanas, y el gerente no había tenido más noticias. En cuanto a la doncella, Marie, se había marchado unos días antes, hecha un mar de lágrimas, tras anunciar a las demás doncellas que dejaba de servir para siempre. El doctor Shlessinger había pagado al marcharse las facturas de todos.



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