El ultimo saludo de Sherlock Holmes

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Por último, llegamos a Scotland Yard. La orden judicial había tropezado con algunas dificultades de trámite, y era inevitable un cierto retraso. No se podría conseguir la firma del magistrado hasta la mañana del día siguiente. Si Holmes se presentaba a eso de las nueve, podría acompañar a Lestrade y presenciar el registro. Así concluyó el día, salvo que nuestro amigo el sargento vino a visitarnos cerca de la medianoche para decirnos que había visto luces trémulas en las ventanas de la gran casa oscura, pero que nadie había entrado ni salido de ella. Lo único que podíamos hacer era armarnos de paciencia y aguardar a la mañana siguiente.

Sherlock Holmes se encontraba demasiado irritable para conversar y demasiado inquieto para dormir. Lo dejé fumando a pleno pulmón, con las espesas y oscuras cejas contraídas y sus largos y nerviosos dedos tamborileando en los brazos de su butaca, mientras su cerebro daba vueltas a todas las posibles soluciones del misterio. A lo largo de la noche le oí en varias ocasiones deambulando por la casa. Por último, cuando acababan de avisarme para que me levantara, irrumpió en mi habitación. Llevaba puesto su batín, pero su rostro pálido y ojeroso me indicó que no había dormido en toda la noche.



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