El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes —No hará nada semejante. Tiene que convencerlo de que venga… y después tiene usted que regresar antes que él. Ponga cualquier excusa para no venir con él. No lo olvide, Watson. Sé que no me fallará usted. Nunca me ha fallado. Sin duda, las ostras deben tener enemigos naturales que controlan el aumento de su población. Usted y yo, Watson, hemos cumplido con nuestra parte. ¿Acaso ahora va a quedar el mundo a merced de las ostras? No, no, serÃa horrible. Tiene usted que transmitirle todo lo que lleva en la mente…
Me marché de allà obsesionado por la imagen de aquel poderoso intelecto balbuceando como un niño tonto. Me habÃa entregado la llave, y yo me la guardé de buena gana, no fuera a ocurrÃrsele encerrarse de nuevo. La señora Hudson esperaba en el pasillo, temblando y sollozando. Al salir del apartamento, oà a mis espaldas la voz aguda y cascada de Holmes entonando un cántico delirante. Una vez en la calle, mientras yo silbaba para llamar a un coche de alquiler, un hombre salió entre la niebla y se me acercó.
—¿Cómo está el señor Holmes? —me preguntó. Era un viejo conocido, el inspector Morton, de Scotland Yard, vestido con un traje informal de lana.
—Está muy enfermo —respondÃ.