El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes Me miró de una manera muy curiosa. De no haber sido un pensamiento demasiado horrible, podría haber imaginado que la luz de la puerta iluminaba una expresión de regocijo en su rostro.
El coche había llegado y me despedí de él.
Lower Burke Street resultó ser una hilera de elegantes casas en la incierta frontera que separa Notting Hill y Kensington. La casa concreta ante la que se detuvo el cochero tenía un aire de respetabilidad pomposa y relamida, con su anticuada verja de hierro, su maciza puerta de dos hojas y sus relucientes apliques de latón. Todo ello hacía juego con el solemne mayordomo que apareció enmarcado en el resplandor rosado de una luz eléctrica encendida a sus espaldas.
—Sí, el señor Culverton Smith está en casa. ¿El doctor Watson? Muy bien, señor, le llevaré su tarjeta.
Mi humilde nombre y mi título no parecieron impresionar al señor Culverton Smith. A través de la puerta entreabierta oí una voz chillona, penetrante y petulante.
—¿Quién es este individuo? ¿Qué quiere? Válgame Dios, Staples, ¿cuántas veces tengo que decir que no quiero que me molesten durante mis horas de estudio?
Le respondió una suave oleada de explicaciones tranquilizadoras por parte del mayordomo.