El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes —Bueno, pues no voy a recibirle, Staples. No puedo interrumpir mi trabajo asà como asÃ. No estoy en casa, dÃgaselo. DÃgale que venga por la mañana si tiene verdadera necesidad de verme.
De nuevo se oyó el suave murmullo.
—Bien, bien, dele este mensaje. Que venga por la mañana o que se quede en su casa. Mi trabajo no puede sufrir interrupciones.
Pensé en Holmes revolviéndose en su lecho de enfermo, y tal vez contando los minutos hasta que yo le hiciera llegar ayuda. No era momento de andarse con ceremonias. Su vida dependÃa de mi celeridad. Antes de que el mayordomo me transmitiera el mensaje deshaciéndose en disculpas, yo le habÃa hecho a un lado y habÃa entrado en la habitación.
Lanzando un agudo chillido de ira, un hombre se levantó de la poltrona instalada junto a la chimenea. Vi una cara grande y amarillenta, de piel rugosa y grasienta, con una gruesa papada y dos ojos grises, feroces y amenazadores que me miraban desde debajo de unas cejas rubias y pobladas. El cráneo, alto y calvo, se cubrÃa con un gorrito de terciopelo, ladeado coquetamente sobre la curva de color de rosa. La cabeza tenÃa una capacidad enorme, pero cuando miré hacia abajo vi con sorpresa que el cuerpo era pequeño y frágil, con los hombros y la espalda torcidos, como si hubiera padecido raquitismo en su infancia.