El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes —¿Y bien? —preguntó Von Bork con ansiedad, corriendo al encuentro de su visitante.
A modo de respuesta, el hombre hizo ondear sobre su cabeza un paquetito en papel de estraza.
—Esta noche sà que podemos chocarla a gusto, colega —exclamó—. Aquà traigo por fin el mogollón.
—¿Las señales?
—Como le decÃa en mi cable. Todas y cada una: semáforo, linternas, radiogramas…, copias, claro está, no las originales. Eso habrÃa sido demasiado peligroso. Pero es un artÃculo fetén, puede usted apostar por eso —dijo, palmeando al alemán en el hombro con una familiaridad tan brusca que sobresaltó a éste.
—Entremos —dijo Von Bork—. Estoy solo en casa y no esperaba más que esto. Desde luego, una copia es mejor que el original. Si se echara en falta el original, volverÃan a cambiarlo todo. ¿Cree usted que podemos fiarnos de esta copia?
El irlandés-americano habÃa entrado en el despacho, sentándose en una butaca y estirando sus largos miembros. Era un hombre alto y demacrado, de unos sesenta años, de facciones bien marcadas y con una barbita de chivo que le daba un cierto parecido con las caricaturas del TÃo Sam. De la comisura de su boca colgaba un cigarro muy chupado, a medio fumar, y al sentarse raspó una cerilla para volverlo a encender.